viernes, 24 de octubre de 2014

Perderme.

Creo que lo quería porque quizá estábamos en los suburbios, cogía una colilla, y me susurraba mientras encendía un cigarrillo desgastado:

Me ha recordado a ti.

Entonces yo lo miraba a los ojos, y sólo veía incomprensión. Incomprensión hacia el mundo. Luego agarraba la manga de mi sudadera rota y creo, creo que no necesitábamos comprensión.

Creo que lo quería porque quizá estábamos de madrugada en el metro, cogía el cuello de una botella rota y me decía:

Me ha recordado a ti.

lunes, 25 de agosto de 2014

Adiós.

Las despedidas siempre me han dolido.

Dejé escapar una última lágrima que se fundió con el mármol para siempre, mientras se abrían las puertas a una nueva vida.

Y entonces, vi la felicidad. Había una mujer soltando una carcajada en una conversación de teléfono, un hombre cogiendo a su hijo y alzándolo por los aires, una mujer en tacones y pintalabios rojo encendiéndose un cigarrillo.

Cogí con fuerza el asa de la maleta y caminé hacia delante, dejando el mundo a mis talones.

Y entonces lo entendí. Mientras nacía y moría gente; mientras corazones se rompían y otros estallaban; mientras te mordías las uñas y yo repiqueteaba sobre mi carpeta de poemas: lo entendí.

Todo consiste en seguir adelante. Con los ojos cerrados, o con los ojos demasiado abiertos.

Lo entendí, mientras una mujer con sonrisa amable y párpados alegres facturaba mi maleta.

Y dije adiós.

Adiós a los murciélagos entre mis costillas y a la gente que llena su boca de gilipolleces porque no se sienten cómodos con ellos mismos.

Dije adiós, porque fue entonces cuando comprendí por qué el mar hace romper las olas una y otra vez.

Comprendí por qué este planeta tan lleno de mierda sigue girando.

Y dije adiós.

lunes, 11 de agosto de 2014

Palabras perdidas de una noche de verano.

Cogió el último papel y vomitó lo primero que se le pasó por la cabeza.

"¿Qué me ha pasado? Yo antes solía soñar. Soñaba y lloraba de felicidad, tenía en mente grandes planes. Guardaba en una cajita de chicles frases para cuando estuviese triste y en el collar de Harry Potter tenía mi palabra favorita. Solía ser... Feliz. Quizá no de la manera que quería serlo, pero lo era.
Y aquí estoy, otra noche de verano. Creo que no voy a escribir sobre el vacío que siento entre las costillas porque esa historia se ha vuelto repetitiva. Aunque de todas maneras, ya no siento como antes. Cada vez siento más indiferencia. ¿Pero qué se hace si hace tan sólo un año y medio odiabas el tabaco y ahora hasta lo defiendes con excusas patéticas?
Podría seguir con varios "¿pero qué se hace si...?", pero no quiero.
Y es triste pensar que ya me da igual que estas palabras se pierdan en esta noche de verano. Es triste. Triste que con tan sólo quince años apenas ya sienta nada. Triste que sólo sepa escribir cosas tristes y triste que ya nadie se las crea. Triste que las sonrisas y las lágrimas hayan perdido su valor y hayan acabado en este circo sin sentido de personas con menos sentido todavía.
Triste que esté escuchando una canción que antes me hacía temblar y ahora ni pestañee.
Y será así, como cada vez que uno escribe: pasará el tiempo. Y esto sólo será otro estúpido, típico, predecible y repetitivo texto de una noche de verano.
Y mira que yo los odio.
Pero a mi alma se le acaba la energía.
Y en fin...

Nunca es suficiente.
Al final, nunca es suficiente.

El vacío acaba volviendo.
Te contaría más cosas, pero prefiero sentir el Infierno congelándome por dentro. Qué cosas.

Y esto se perderá. Como la danza de la muñeca de la cajita de casa de mi abuela. La oscuridad la abrazará y al ritmo de unos violines nadie nunca más se acordará de ella".

Pero sin embargo, se le escapó una lágrima, que resonó e hizo eco en aquel vacío.

Y luego, como siempre, la noche lo comió.

lunes, 14 de julio de 2014

Llévate todo;
llévate lo que queda.
Llévate mis océanos,
llévate mis noches de verano.
Llévate el polvo, las cenizas,
el humo, los gritos,
los papeles quemados,
los versos solitarios,
mi piel, las hojas secas de primavera,
aquella fotografía,
aquella carta
que nunca te escribí.
Llévate mis dedos nerviosos
y mis aprietos de mandíbula.
Llévate el deseo
y llévate el odio.
Llévate el desamor,
y llévate las rosas.
Llévatelo todo.

Y cuando hayas acabado,
pon sangre en mis labios
y veneno en mis ojos.
Encadéname las muñecas
y tira tan fuerte
que todos los huesos
de mi esqueleto
se rompan.
Y bébete el óxigeno
de mis arterias,
y muerde la suciedad
de mis venas,
y párteme.

Y por último,
llévate mi alma.
Llévate mi alma
y destrózala
cuando salga el sol.
Destrózala
cuando amanezca
en tantos pedazos
que no se puedan ver.
Destrózala
como los baños
en callejones tenebrosos
a las cinco de la madrugada.

Así que llévatelo todo.
Llévate hasta mi sombra,

y llévame a mí.

lunes, 30 de junio de 2014

Cafeteras en desvanes.

Ella me miraba desde su portal en aquella ciudad donde todos vestían zapatos negros y corazones blancos.

Siempre me sonreía a través de ese batido azul.

Un día, hablamos.

Caminamos por aquella ciudad donde el café era algo reciente y la felicidad era algo más sencilla.

Me susurró al oído, esa vez, antes de despedirnos, que la recordara.

Hoy me he acordado de ella.

Seguramente murió. Su corazón también era blanco...

Mentira.

Era gris.

lunes, 23 de junio de 2014

Apagué el cigarrillo en la pared y me di cuenta de que las piernas me flaqueaban.

''No es suficiente'', me susurró.

Me atravesó la caja torácica y me arañó los pulmones.

Y yo dejé el huracán dentro de mí. Siempre lo hacía.

Saqué otro cigarrillo.

Y sí.

Quizá todo eran costumbres.

Quizá todo se resumía en colillas en las esquinas y las macetas.

Quizá todo eran costumbres.

Quizá hasta tú lo eras.

jueves, 15 de mayo de 2014

Jueves, 6 de Marzo (para Nenúfar).

Fue como todos lunes;
ojeras, recuerdos,
dos cigarrillos y un café
para ver al chico
de la mandíbula marcada
y la mirada indiferente,
tal y como ella
quería ser.
Fue como todos los martes;
ojeras, recuerdos,
dos lágrimas y un solo cigarrillo,
porque le tocaba fingir
dos horas más
y no pudo ver al chico
del lunar en algún brazo
Y se acostó con las mejillas
como las de la playa,
porque fue como todos los martes.
Fue como todos los miércoles;
ojeras, recuerdos,
dos pañuelos y una mirada
llena de algo vacío
acompañando a su corazón,
que hoy tocaba
latir por el brazo,
mientras no paraba de gritar
algo que nadie podía escuchar
ni entender.
Fue como todos los jueves;
ojeras, recuerdos,
dos paquetes de tabaco y un tupé
que fue flequillo
pero aún la volvía loca

(como el café),
y no de la manera
que le mentía al psiquiatra
esa tarde,
porque como en todas las citas,
a ella el veneno
no la podía curar.
Fue como todos los viernes;
ojeras, intentos de olvido,
dos botellas de vodka y una amiga que lloraba
pero que aún así la llevó a su casa,
porque era parte del viernes
y le gustaba el sentimiento
de los coches
pasando muy tarde
y la brisa nocturna
a las cuatro menos cuarto
de la madrugada,
porque se acordaba
de sus pantalones apretados
y no dolía,
entre dos cigarrillos y un monte
al que subir y ver
cómo se apagaba la ciudad a sus pies,
pero el rímel
acababa en su barbilla
y sus ojos
le quemaban al día siguiente.
Fue como todos los sábados;
ojos negros y rojos, y dudas,
dos sonrisas de su madre y el entrecejo fruncido de su padre,
que llevaban a un día plateado,
lleno de segundos,
que querían ser horas;
y minutos,
que querían ser décadas;
y una noche,
de sangre y vómitos
que llevaban
a lágrimas calientes
en la cisterna del váter.
No fue como todos los domingos;
no hubo ojeras, quizá más que demasiados recuerdos,
cuarenta cigarrillos y una vieja botella de whisky
de sus padres,
porque esa misma noche
vino el chico
de ojos azules y voz grave
y a ella le tembló el labio inferior,
porque trajo
el peor de los recuerdos
y se fue,
y también la visitaron
tres cajas de antidepresivos,
dos litros de lágrimas
y un solo vaso de agua,
para ella explotar
como los fuegos artificiales
que veía en el montón de chatarra
que fue su coche;
y por primera vez,
cumplió un "para siempre"
que, como todo:
fue sin él.